viernes, 28 de septiembre de 2012

Oda Yanomami


“Anomi Tukani, Anomi Tukani”… Luminosidad emergente de la gran hoguera que en esta ocasión no se propicia con el fin de dar calor a los Yanomami. Se refleja como lenguas de fuego en los ojos de Okiony Nakéwaxa, marido de Proho Wakatautheri, la aldeana yaciente en el centro del fuego purificador de cuerpos inertes, amortajados, silenciosos cuerpos sin voluntad.
“Anomi Tukani, Anomi Tukani”… Figura sin sombra, cuerpo sin alma, labios callados, pies sin camino. Figuras humanas danzando en los fragmentos de una inmensa noche. Cantos sacudidos por las manos del viento.
“Anomi Tukani, Anomi Tukani”… Arma punzante que logra sustraer el néctar rojo, caliente, escandaloso, que deja la huella de una línea. Otra más, un círculo, continuando en otro, y otro, hasta completar el tatuaje perfecto que enmarca la ira, la nostalgia y la tristeza de Okiony Nakéwaxa, con sus ojos chapoteando lagunas de llanto. La cara pavorida, reclamante a la luz de las estrellas. El peso de la venganza que se va volviendo de plomo.

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