“Anomi Tukani, Anomi Tukani”…
Luminosidad emergente de la gran hoguera que en esta ocasión no se propicia con
el fin de dar calor a los Yanomami. Se refleja como lenguas de fuego en los
ojos de Okiony Nakéwaxa, marido de Proho Wakatautheri, la aldeana yaciente en el
centro del fuego purificador de cuerpos inertes, amortajados, silenciosos
cuerpos sin voluntad.
“Anomi
Tukani, Anomi Tukani”… Figura sin sombra, cuerpo sin alma, labios callados,
pies sin camino. Figuras humanas danzando en los fragmentos de una inmensa
noche. Cantos sacudidos por las manos del viento.
“Anomi
Tukani, Anomi Tukani”… Arma punzante que logra sustraer el néctar rojo,
caliente, escandaloso, que deja la huella de una línea. Otra más, un círculo,
continuando en otro, y otro, hasta completar el tatuaje perfecto que enmarca la
ira, la nostalgia y la tristeza de Okiony Nakéwaxa, con sus ojos chapoteando
lagunas de llanto. La cara pavorida, reclamante a la luz de las estrellas. El
peso de la venganza que se va volviendo de plomo.
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