viernes, 28 de septiembre de 2012

El octavo día




Vivo en un mundo en donde el hombre detiene sus ocupaciones para sentir el golpeteo exacto de la lluvia bailando sobre sus hombros.  En la hora prima, sus habitantes despiertan, y ávidos  se bañan entre los suaves brazos del sol. Interrumpen su andar para gozar las caricias de un viento despistado. El arcoíris se huele  a distancia y provoca un  largo aplauso. Universo de seres que entretienen el tiempo para extender sus manos ante una perlada cascada de nieve. Escenario de Adanes y Evas. En la hora sexta, cantan y tocan melodías que arrullan al mar y aclaran el cielo. La tierra donde se juega al amor  en armonía con el universo. Un amor que no admite mezquindad  y  su éxtasis trasmuta  fronteras.  La hora nona es ideal para bailar, reír, abrazar, tomarse de las manos, palpar la naturaleza y aprender del reino animal.  Lugar construido por  Dioses, los del quinto sol; quienes enfurecidos por la barbarie humana,  crearon un octavo día. Ése es el día en  que todo ser humano se torna ciego y sordo.  Luego, al iniciar el ciclo, recuperan  los sentidos que los hacen dormir. 

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