Vivo
en un mundo en donde el hombre detiene sus ocupaciones para sentir el golpeteo
exacto de la lluvia bailando sobre sus hombros.
En la hora prima, sus habitantes despiertan, y ávidos se bañan entre los suaves brazos del sol. Interrumpen
su andar para gozar las caricias de un viento despistado. El arcoíris se huele a distancia y provoca un largo aplauso. Universo de seres que
entretienen el tiempo para extender sus manos ante una perlada cascada de nieve.
Escenario de Adanes y Evas. En la hora sexta, cantan y tocan melodías que
arrullan al mar y aclaran el cielo. La tierra donde se juega al amor en armonía con el universo. Un amor que no
admite mezquindad y su éxtasis trasmuta fronteras. La hora nona es ideal para bailar, reír,
abrazar, tomarse de las manos, palpar la naturaleza y aprender del reino animal.
Lugar construido por Dioses, los del quinto sol; quienes
enfurecidos por la barbarie humana, crearon un octavo día. Ése es el día en que todo ser humano se torna ciego y sordo. Luego, al iniciar el ciclo, recuperan los sentidos que los hacen dormir.
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