Carta No. 1
Me he disfrazado de carta
para que puedas leerme, sentirme, descifrarme por párrafos. Las letras son los
pensamientos, las comas, lo que no me atrevo a decir. El punto, si es seguido
será el beso que deseo continuar. El punto y aparte, el lugar que acabas de
acariciar para comenzar en otro. Los puntos suspensivos serán las huellas que
dejaré a tu imaginación para que intentes descubrirme.
Te
encontré hace un año, o quizá fuiste tú. Aún no puedo discernir quién descubrió
a quién y, a decir verdad, prefiero no saberlo. Me basta con la certeza de tu
presencia y del nombre que te he inventado, ¿quieres saber cómo te llamo?... no,
será mejor dejarlo así, no quiero envanecerte. He pensado en acercarme,
seducirte, envolverte en palabrerías; pero decidí sólo llevarte en la
imaginación, hacer cosas juntos
para así enamorarnos lento, suave, con cautela para no caer en rutinas.
Hoy
nos hablamos por primera vez, fue algo mágico, pero fuerte, excitante.
La
lluvia amenazaba con arreciar, así que apresure los tacones que no me ayudaban
gran cosa. Llegué a la parada del autobús, quise sentarme pero tu mano me
detuvo…
―¡Espera,
está mojada!
Por
fin escuché tu voz. Intenté agradecerte, pero el contacto de tus dedos
enmudeció mi boca. Nos miramos. La escena se congeló unos instantes, y se
derritió en el momento en que recordé mi auto en el estacionamiento, supe
enseguida que no debía estar ahí esperando el transporte. Pero no podía marcharme sin hacer algo para llamar tu
atención. Así que rodee tu cuello con mis brazos y te besé en los labios. No esperé
más, sólo giré las zapatillas y me alejé presurosa hacia el estacionamiento. La
lluvia ya era un torrente.
¿Predecible?
¿Cómo pude saber que tu auto estaba en el taller, cómo pude olvidar el mío?
No
diré que te amo porque sonaría falso, en cambio te mostraré el lado incógnito de
mi capacidad de amar.
Hoy
te miraste al espejo y el nudo de la corbata se tornaba osco. Conociste a otra
mujer. Bonita, seguro, pero insípida. De
actitud fatua y menuda silueta. Te consuela la certeza de tenerla dominada, de
saber que será tuya en cuanto lo desees.
Quién
soy yo para decirlo, alguna vez estuve de ese lado, lo confieso.
Sabes,
te sienta muy bien esa camisa amarilla, la rosa, la blanca, y cualquier otra que
se apañe a tu piel.
No
me desgarraré las ropas si hoy tampoco me miras, olvidaste los lentes y no me
distingues desde lejos.
Te
envío esta parte de mí, porque no hay mañana, porque la muerte nos ronda día a
día un noventa por ciento, el otro diez le corresponde a lo que nos atrevamos a
hacer. Hay quienes pueden sentirla, otros la huelen, y unos cuantos la ven
pasar. Pero será mejor concebir el diez por ciento que nos queda. Yo deseo imaginarme a tu lado. Amar antes de
morir y, es que, los muertos ¿sabrán amar?
Es
otoño, los árboles quedarán desnudos, pero después se volverán a vestir de
hojas nuevas. Tú serás las hojas nuevas de mi árbol.
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